| El interés por ingresar a la universidad ha crecido ostensiblemente desde la década de los ochenta, pero sobre todo en los últimos años. En 2006, más de 242 mil personas se inscribieron para rendir la Prueba de Selección Universitaria (PSU), un 30% más que en 2005. Aunque ello en parte se debe a que el año pasado el gobierno entregó 167.000 mil becas para participar en el examen, el aumento de matriculados entre 2003 y 2005, de cerca de 380 mil a 462 mil, confirma que se trata de una tendencia cada vez más pronunciada. Al mismo tiempo, que el número de matriculados en los institutos profesionales aumentara de cerca de 100 mil a 114 mil en el período y que en los centros de formación técnica la cifra se mantuviera en torno a los 62 mil confirma que para la inmensa mayoría de los chilenos la universidad sigue siendo la primera opción al postular a la enseñanza superior. De allí la paradoja de que por cada cinco estudiantes universitarios hay dos de institutos profesionales y uno de centro de formación técnica, cuando en los países desarrollados se da la relación inversa y aún más pronunciada a favor de los segundos. Según algunos analistas, esto tiene dos efectos. El primero, una sobreoferta de universitarios, que llevaría a la “saturación” del campo laboral en periodismo, ingeniería comercial, sicología y derecho -por citar algunas-. Y el segundo -derivado del anterior-, una caída en las remuneraciones de esas y otras carreras en un momento llamadas “de tiza y pizarrón”. Sin embargo, un análisis más profundo del fenómeno lleva a otra conclusión: en una economía abierta, y en consecuencia dinámica, la mano de obra calificada -al igual que la no calificada- está sujeta a los vaivenes del mercado. Lo anterior significa que el estatus de los egresados de una carrera variará de acuerdo al volumen de demanda de ese servicio, la calidad con que se preste y las plusvalías que brinde al cliente. Por ende, la inversión de una familia en una carrera de enseñanza superior no garantiza un empleo al egresar, menos el logro de un ingreso estándar. En la sociedad del conocimiento, el título no basta como generador de riqueza. El liderazgo y la innovación sobre la base de los conocimientos aprendidos y las destrezas desarrolladas durante la enseñanza superior -y, por cierto, luego de ella- son cada vez más determinantes en el éxito profesional. Lo anterior obliga a que la institucionalidad existente progrese en dos sentidos. Uno, brindando información cada vez más completa a los postulantes. Y dos, acortando la duración de las carreras y dotándolas de mallas curriculares más dúctiles, que faciliten el emprendimiento y la obtención de menciones en otras áreas del conocimiento. Si bien el primer objetivo se está cumpliendo en parte con el sistema de acreditación, los ránkings de universidades y el observatorio del empleo -que ofrece una panorámica laboral de 100 carreras-, los planteles deben avanzar hacia una mayor transparencia. Por ejemplo, a través de un seguimiento de sus egresados que permita conocer el tiempo de inserción en el mercado laboral, el nivel de ingreso, el lugar de desempeño y el tipo de tarea realizada. Esa información es vital no sólo para el alumnado y los postulantes, sino también para la propia entidad educacional. Y es que ello le permitiría monitorear con precisión el tipo de profesional que va demandando el mercado y las nuevas competencias que se exigen tanto a nivel regional como nacional y mundial. |